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viernes, 18 de marzo de 2011

COMPAÑIA INVISIBLE

Así que me senté allí mismo donde estaba, bastante incómoda, por cierto y decidí esperar a que se disipara la niebla. Debí quedarme adormecida porque me sobresalté al oir unas voces allá abajo.
  • ¡No seas cabrón! ¡Tenemos que ir de la mano pero sin mariconadas!
  • (carcajada) ¡Es que no veo nada!
Me pareció que sólo iban dos hombres y por la voz y el cachondeo, me dió la impresión de que eran jóvenes. Grité para llamarles la atención
  • ¡Eeeeh! ¡Allá abajo! -voceaba yo
  • ¡¿Hay alguien arriba!? -me respondían
  • Siiiii! ¡estoy en las rocas! ¿Tenéis algo de visibilidad?!
  • ¡Nooo! Nada absolutamente. ¡Ey! ¡Me están agarrando de las piernas! - Oí que decía uno de ellos.
  • ¡A mi también! Es algo que se enreda. ¡Vamos hacia las rocas!
  • ¿Que rocas?
  • Hacia la voz de la mujer.
Reconozco que me alarmé al oir lo de las piernas, desde luego dónde yo estaba no me molestaba nada raro, ni siquiera se oía un susurro. Tal vez en las rocas no se moviera ningún bicho viviente. Dije que no se oían susurros, pero eso era antes de que llegarán aquel par de muchachos. Podías saber dónde estaban en cada momento por el ruido que iban armando, al moverse, al empujarse, al resbalarse, al ayudarse, al respirar... vamos que los chicos podían ser de todo menos silenciosos. Desde luego eran valientes, trepando sin ver, por aquellas piedras mojadas... o un poco locos.


Ya hacía bastante rato que habían dejado de hablar, pero todavía oía sus movimientos al trepar, cada vez más cerca de dónde yo estaba, aunque un poco desviados hacia la izquierda.
  • ¿Cómo vais? -les pregunté
  • Más o menos, esto resbala como un demonio.
  • ¿Hay algo allá arriba?
  • Pues hace una hora más o menos había una cueva -les informé- pero ya no se si sigue allí.
  • Je je. ¿Estaba muy lejos?
  • No creo. Pero yo ya no he podido seguir subiendo. Ni bajando, vaya -continué
  • ¿Sabrías llegar si te ayudamos? -se interesaron
  • Creo que sí. Hay que ir en línea recta desde dónde yo estoy. Estaba cerca.


    Por los sonidos me dí cuenta de que corregían el rumbo y se acercaban adonde estaba yo. Esperaba verlos cuando estuvieran a unos metros, pero me dí un susto de muerte cuando una mano me agarró la bota y dejé escapar un grito.
  • ¡Que somos nosotros, mujer! -decía el de la mano, que ya estaba de pie a mi lado.
  • Es que no os veo -alargué el brazo y lo toqué en el pecho. Sólo estaba a 40 o 50 cms., pero yo no lo veía. Esa niebla se podía cortar con un cuchillo, o una motosierra ya puestos.


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